lunes, 16 de octubre de 2017

CATALUÑA EN EL DÍA DE LA MARMOTA

              
  En el día en que arde Galicia mientras media España muere de sed, Puigdemont decide volver a la casilla de salida. Galicia arde por obra y desgracia de pirómanos enloquecidos que han querido convertir su belleza natural en un desierto de cenizas desafiando sin pudor los designios de la Naturaleza. Duele ver como tanta riqueza natural desaparece repentinamente devorada  por terribles incendios fruto de la maldad humana.                                  
  Convendría recordar ahora la irresponsabilidad de quien afirmaba días pasados que el despido de cuatrocientos brigadistas gallegos estaba justificado por la innecesariedad de su trabajo en estos momentos. Y todo ello en el otoño más seco que se recuerda en muchísimos años y contra las previsiones de los expertos que aconsejan mantener la alerta hasta la llegada de los temporales de lluvia. Lamentará hoy Nuñez Feijóo su desgraciado optimismo como lamentamos todos las consecuencias de tan desacertada decisión. Hoy toda España es Galicia, su dolor ante el fallecimiento de seres humanos es nuestro dolor.

  Y todo ello mientras más de media España empieza a morir de sed. Las reservas de agua han descendido de manera alarmante en muchas de nuestras comunidades y el abastecimiento extraordinario a cientos de pueblos se ha convertido en algo habitual desde hace algunas semanas. Numerosos cultivos se están viendo afectados por la sequia que afecta por igual a la cría ganadera.
  Y mientras todo esto nos ocupa y preocupa, en Cataluña hace días que sopla la tramontana, ese viento huracanado al que Josep Plá definió de manera magistral: “Estas ventoleras deprimen, adormecen, encogen el cuerpo humano, producen protestas perfectamente inteligibles. La tramontana es un mal negocio, porque es destructiva, es una forma cósmica superior a cualquier forma  humana, una forma gratuita y negativa”.  Y todo gracias a Carles y Oriol, la versión política de Laurel y Hardy, y cuyas bromas de buen gusto catalán hacen furor en estos días en la Cataluña que vive impasible su particular día de la marmota a cuenta de la declaración de independencia o cualquier otra cosa que fuese el resultado de la ceremonia de la confusión a la que todos asistimos el pasado martes-
  Este lunes Puigdemont ha vuelto a las andadas, más de lo mismo, mientras consume los últimos días de su versión bufa del Ser o no ser, como si de un Hamlet redivivo se tratara, cuando más bien parece caminar hacia su lugar en la historia que no es otro que el de quien hizo reír a medio mundo mientras Cataluña lloraba y toda España sufría.
  Entretanto Junqueras, responsable último de la economía catalana, asiste impertérrito al mayor éxodo empresarial y financiero de los dos últimos siglos, pretendiendo hacer creer a la ciudadanía catalana que la vida sigue igual mientras Cataluña pierde su poder económico desangrándose por la herida que le ha infligido la soberbia independentista. Resulta fácil imaginarlo asomado a su balcón de la Generalitat mientras recita los versos de aquel soneto de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados de la carrera de la edad cansados por quien caduca ya su valentía…”
  Mientras en la calle, el destino común de todos ellos, les espera ya Anna Gabriel, la voz de la conciencia de Puigdemont, vigilante y exigente desde su ridículo ocho por ciento electoral en las últimas autonómicas catalanas. Hija de onubense y murciana, poseída del fervor de los conversos y responsable de ese comité revolucionario que según Borrell viaja en coche oficial.
  Considerando sus ascendentes familiares así como los de Rufián, uno llega a pensar que la revolución pendiente en Andalucía tiene mucho que ver con la ausencia de tan notables charnegos.


  

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