sábado, 19 de marzo de 2016

El sueño de una noche de Senado...





Era casi la una de la madrugada cuando abandonábamos el Senado después de una intensa sesión plenaria donde habíamos viajado desde el suplicatorio de un senador de Bildu, acusado de colaboración con banda armada, hasta una moción del grupo socialista sobre la LOMCE, pasando por sendas mociones del grupo popular sobre las diputaciones y la unidad de España. Y allí permanecía vigilante una cámara de televisión esperando captar la trasnochadora tocata y fuga de Rita en el día de su vuelta al ruedo parlamentario y que había provocado más morbo mediático que el anunciado de José Tomás en la próxima Feria de Jerez, con todo el papel vendido desde el mismo día que se puso a la venta.
Aquella cámara, solitaria y noctámbula, era el ejemplo más claro de que la contraprogramación mediática que Rita había pretendido, convocando en la noche del lunes, deprisa y corriendo, una rueda de prensa para primera hora de la mañana del martes, no había surtido el efecto deseado. Durante todo el día el laberinto de pasillos del Senado tenía más cámaras por metro cuadrado que el sistema de vigilancia de la Reserva Federal americana.
Pero no fue todo Rita, como mencionaba al inicio, en la tarde-noche-casi madrugada del martes también se lidiaron tres mociones de las que retratan al proponente. La primera de ella era una declaración de amor del Partido Popular a las diputaciones. El furor amoroso del que hizo gala Pablo en la sesión de investidura parecía haberse apoderado de los populares que intentaban llenar de amor el agujero negro al que su líder les ha llevado desde que el resultado electoral del 20D le hizo refugiarse en una especie de ataraxia vital que para sí hubiera querido el personaje central de El Árbol de la Ciencia de Baroja.

No era día para discutir sobre quien quiere más o menos a las diputaciones, de las que un día dije que si no existieran habría que inventarlas; y lo sigo manteniendo
Pero nada define de manera más sintética el espíritu de la moción popular sobre las diputaciones que el conocido refrán de: mucho te quiero perrito, pero pan poquito, por utilizar el estilo discursivo preferido por el presidente en funciones que no es otro que el de la fidelidad al refranero español en sus distintas manifestaciones. No era día para discutir sobre quien quiere más o menos a las diputaciones, de las que un día dije que si no existieran habría que inventarlas; y lo sigo manteniendo. No era el momento de debatir sobre su futuro, se trataba simplemente de un ardid de quienes han sido desposeídos del juguete de la mayoría absoluta y vagan como almas en pena a la búsqueda de un titular mediático que reconforte su orgullo herido y apague el sonido de las noticias que cada día anuncian su particular fin del mundo.
Y eso quedó meridianamente claro con la intervención del ponente popular, el senador y cabeza de lista del PP por Guadalajara, Juan Pablo Sánchez Sánchez Seco, que ha resultado ser recordman provincial y regional de imputaciones judiciales, siete de ellas por presuntos delitos de prevaricación reunía cuando se presentó a las pasadas elecciones generales del 20D.
De la torpeza de su intervención es fácil deducir que su ingenio natural debió agotarse en el tiempo en el que los hechos que investiga la justicia ocurrieron. Cantó la gallina de las verdaderas intenciones de la moción nada más comenzar su intervención, y todas ellas confluían en un mismo objetivo, denunciar, criticar y atacar de una manera simplista, más propia de un arrebato de celos políticos y de “la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece...", tal como contara de manera magistral Cervantes en su obra cumbre. El objetivo bélico del senador Sánchez estaba claro: el pacto de progreso que habían firmado PSOE y Ciudadanos y que él llamó reiteradamente el pacto de la vergüenza, probablemente para diferenciarlo inconscientemente del pacto de la desvergüenza, que no es otro que el que habían suscrito buena parte de sus compañeros de partido en las comunidades de Valencia y Madrid y que la Justicia investiga arduamente en estos días.
Hablaba el senador Sánchez de un señor de Madrid y otro de Barcelona que habían cometido el terrible pecado democrático de ponerse de acuerdo en una propuesta de gobierno progresista y reformista, con un fuerte componente de regeneración democrática. Y todo ello, eso no lo mencionó, porque un señor de Pontevedra había decidido, después de la noche electoral, encerrarse en la habitación del pánico de la que sólo había salido para decir al Rey que alejara de él el cáliz de la investidura como si de un concursante de Pasapalabra se tratara, esperando el fracaso del adversario.
En fin, un nuevo acto fallido del Partido Popular al que se sumó el de la unidad de España, pero de ese hablamos el próximo día, porque nunca es bueno que la crónica de los hechos narrados dure más que los propios hechos.

 











   









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