domingo, 9 de febrero de 2014

Yo confiaba en mi marido

   Mientras eso que hemos dado en llamar "ciclogénesis  explosiva" recorre de nuevo España de norte a sur y de este a oeste en lo que parece haberse convertido en un hábito malsano, una especie de adicción irresistible, otras ciclogénesis de distinta naturaleza arrasan el territorio nacional o federal según el color del cristal con que se mira. Buen momento ha elegido el cantautor Pablo Guerrero para volver por Cádiz con su "tiene que llover, tiene que llover a cántaros..." que se ha convertido en pocas horas en una especie de mandato imperativo profético que ni el Calendario Zaragozano con sus mejores galas.

   Llueve hoy sobre la provincia de Cádiz, llueve a cántaros, nada de "lluvia fina", esa que dicen que termina calando. Pero fuera de lo estrictamente meteorológico también llueve esta mañana de domingo y bien que lo cuentan las portadas de los periódicos. Llueve sobre Undargarín al que su esposa Cristina le ha quitado el paraguas y hasta el chubasquero con una simple pero nada inocente frase: "yo confiaba en mi marido". Magistral uso del pretérito imperfecto que no sólo demuestra su conocimiento de las conjugaciones verbales sino también la calidad profesional de su defensa judicial. Una frase tan simple pone de manifiesto que "la que se avecina" para el hasta ahora marido de la Infanta no es precisamente una serie de humor sino algo más parecido al ultimo gran éxito del cine americano que ha protagonizado Di Caprio y que lleva por título "El lobo de Wall Street". Pero demos tiempo al tiempo que la declaración de ayer de Cristina no son sino los primeros nubarrones de una ciclogénesis real.
 
Y mientras media España, movida por el morbo, estaba atenta a los preparativos de la comparecencia de la infanta, la otra media, movida por el afán de justicia y la reivindicación de la tercera república, hacía tres cuartos de lo mismo. Pero por mucho que les pese a unos y a otros una realidad mucho más trágica y dolorosa se abatía de nuevo sobre nosotros, una realidad que para quienes vivimos a escasos kilómetros de esa frontera de la muerte que es el estrecho de Gibraltar no deja de asaltar nuestras conciencias y nuestros sentimientos mas profundos a pesar de su cotidianidad.  Me preocupa lo que ha ocurrido en Lampedusa a finales del 2013 pero me atormentan esos pequeños Lampedusa que casi a diario tienen lugar en las costas gaditanas y que difícilmente alcanzan el nivel de conciencia española y europea. Esta vez fue en Ceuta donde hemos asistido a la enésima tragedia, por ahora catorce vidas más perdidas para siempre, catorce destinos truncados por el mar y la intransigencia humana a partes iguales. Ver las imágenes de los ocho inmigrantes llegados a la playa ceutí del Tarajal y como eran "deportados en caliente", vaya crueldad de tecnicismo, alegando que para considerar que habían pisado suelo español tenían que haber sobrepasado la hilera de guardias civiles, me parece sencillamente un ejercicio de crueldad fuera de lugar. Culpar a los agentes que cumplían ordenes y que con muchísima frecuencia han arriesgado su vida por salvar la de los inmigrantes sería como matar al mensajero. Las  declaraciones del delegado del Gobierno de España en Ceuta son el mayor ejercicio de cinismo y de faltar a la verdad que puede llevarse a cabo por quien ostenta la máxima representación institucional de los españoles en la Ciudad Autónoma. Su dimisión irrevocable sería un alivio para quienes con nuestros impuestos pagamos su sueldo y su "patético y surrealista" aparato de comunicación. Lo ocurrido en Ceuta no puede terminar con una comparecencia del Ministro del Interior alegando tecnicismos y tratados internacionales con el pais vecino, la muerte de catorces personas mientras buscaban un lugar bajo el sol de la Europa de los usureros no puede quedar impune y su sombra trágica no puede caer sobre los trabajadores de la seguridad publica sino sobre sus responsables políticos.
 

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