domingo, 19 de mayo de 2013

Luna


                                      



Ayer murió Luna. Nunca supimos como llegó hasta nosostros, quiero recordar que hace siete u ocho años su presencia menuda se convirtió en costumbre en nuestra vida cotidiana. Probablemente a su edad se había cansado de dedicar sus mejores olfatos al destino impenitente de su raza, se había cansado de oir el sonido mortífero del disparo que acompañaba minutos más tarde su incursión por entre matorrales de zarzas y lentiscos a la búsqueda de la presa ajena, probablemente había decidido renunciar al mandato cinegético de su dueño y buscar entre nosotros una vida más acorde con esa otra parte de su ADN que le reclamaba el paso inexorable de los años y su vocación de animal de compañia. Envejeció con la dignidad de quien sabe sobradamente cumplidas las distintas etapas de su trayectoria vital y nunca perdió el instinto maternal que le llevaba a arriesgarse más allá de las fronteras domésticas para alimentar el fruto de su casi permanente intento de prolongar en sus cachorros su deseo vital. Este será nuestro primer fin de semana sin Luna, sin su ladrido protector en la oscuridad de la noche, sin su búsqueda incesante entre macetas y arbustos de esas piezas que depositaba en la entrada de casa una vez capturadas haciendo justicia a su condición de ratonera empedernida reclamando su justo salario alimenticio. Probablemente en su última escapada, obedeciendo al instinto que la llegada de la primavera había despertado de nuevo en ella, pueden hallarse las razones del final de su existencia, unas razones que nosotros nunca llegaremos a saber pero que nos han llenado de ausencia y de dolor....

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