domingo, 13 de enero de 2013

Casas Viejas, ochenta años después

  Recuerdo en estos días aquellas conversaciones con mi padre en las que yo intentaba conocer que había ocurrido en nuestro pueblo en aquellos días negros de enero de mil novecientos treinta y tres. Siempre he tenido en mi mente aquel relato de un niño con siete años recién cumplidos y que se había convertido en testigo no deseado de un acto de crueldad sin límites. Me resultaba difícil entender que entre sus recuerdos infantiles ocupara un lugar tan importante aquella visión caótica de una noche de violencia y muerte, la violencia de quienes en múltiples ocasiones han confundido trágicamente su deber de salvaguardar el orden público convirtiéndose en protagonistas malditos de la historia y la muerte de quienes simplemente gritaban libertad. Los ojos infantiles de mi padre quedaron marcados para siempre, como los de la gente de nuestro pueblo, por el resplandor del fuego asesino y en sus oídos resonó durante mucho tiempo el estruendo de las ametralladoras que se abría paso en el frío de aquella noche infernal del mes de enero.
    Fueron muchas las veces en que movido por mi curiosidad, a medio camino entre la historia y la rabia, volvimos a recordar aquellos hechos que habían situado a nuestro pueblo en la capa más profunda de la historia real y fuera de la historia oficial. Recuerdo de entre  sus  palabras la referencia a quienes habían perdido la vida en aquel acto irreversible de histeria asesina, eran buena gente, gente del pueblo que tan sólo buscaba una vida digna en unos tiempos en los que con bastante frecuencia ese objetivo pasaba por la sangre derramada de quienes lo perseguían.
    Durante mucho tiempo aquellos días de enero del 33 fueron borrados de la memoria colectiva por obra y gracia de la historia oficial, durante décadas y décadas el polvo del olvido cubrió con un manto impenetrable la verdad de los hechos, la historia de Casas Viejas se convirtió en un laberinto de falsedades del que nos costaría muchos años salir. La historia oficial trabajó denodadamente para invertir los principios de la verdad, para convertir a las víctimas en verdugos y absolver la culpa de los responsables del crimen. De inmediato la derecha aspirante utilizó las consecuencias judiciales de lo ocurrido para su propia estrategia partidista y la investigación parlamentaria se convirtió en un rejón de muerte para la República. Casas Viejas inundó por un tiempo la política nacional pero no para reponer el buen nombre de las víctimas inocentes de la masacre sino para convertirse en un elemento de desgaste político del gobierno republicano y preparar el caldo de cultivo que propiciaría el golpe de muerte a la democracia y la libertad pocos años después.
    Sólo la recuperación de la democracia permitió levantar la pesada losa de la mentira con la que la dictadura había sepultado a las víctimas, a sus familias y a todo un pueblo. Las investigaciones de historiadores y antropólogos extranjeros habían preparado el camino para ello. Pero recuperar la memoria histórica era una tarea ardua y difícil, no sólo por hacer frente a tantos años de silencio, olvido y manipulación histórica sino también porque con el paso de los años el dolor de todo un pueblo se había convertido en miedo a hablar, recordar y recuperar sus historia verdadera.
    Muchos pasos se han dado y por mucha gente, historiadores, sociólogos, instituciones y lo que es más importante, el propio pueblo. Mucha memoria se ha recuperado gracias al esfuerzo colectivo pero queda mucho camino por recorrer para devolver la verdad de los hechos al lugar que le corresponde en la historia de nuestro país y liberar definitivamente a nuestro pueblo de cualquier vestigio de mentira histórica, para devolver toda su dignidad a las víctimas y a sus familias.
   Ochenta años después Casas Viejas recuerda pero no olvida que el azote de la sinrazón pasó por aquí arrancando las vidas de gente inocente cuyo único pecado fue gritar "tierra y libertad".

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