viernes, 10 de febrero de 2012

Parte segunda y última del dia que dejamos de tocar en "La Orquesta del Titanic"

Triste historia la de aquella orquesta del Titanic, extraña mezcla de flema briánica y romanticismo suicida, siguieron tocando a lo largo y ancho del barco mientras este se hundía irremisiblemente, extraño sentido del deber el que les llevó a morir ahogados mientras tocaban aquella pieza musical que no era sino un funesto presagio de lo que les esperaba, la muerte cierta. Terrible la ingratitud de la naviera para con la familia del director de la orquesta cuyo cuerpo fue recuperado hecho este que motivó la exigencia a su familia de pagar el traje que vestía mientras moría en acto de servicio, otro funesto ejercicio de macabra flema británica.
Curiosa alegoría la planteada por Serrat y Sabina en su disco, la de una sociedad en crisis que se hunde y a la que ellos quieren dar abrigo. El propio Sabina ha comentado que el título de esta segunda aventura compartida no es otra cosa que un ejemplo ético y estético como el que dieron aquellos músicos del Titanic: consolar a la gente mientras el barco se hundía, algo que ellos consideran igualmente necesario en los tiempos revueltos que vivimos.

La crísis se ha convertido en un enorme iceberg, un negro iceberg contra el que cada día se estrellan ilusiones compartidas, proyectos de vida individuales y colectivos que se van a pique, que terminan hundiendose en un océano de insolidaridad transitado por permanentes obstáculos para la navegación humana y que termina arrojando náufragos y más náufragos de manera incesante a las playas desiertas de islas inhóspitas convirtiendo a millones de personas en involuntarios Robinsones condenados a la soledad y el aislamiento como si un infinito triángulo de las Bermudas hiciera desaparecer la esperanza que un día dio sentido a sus vidas.
Y embarcados en esa vorágine también nosotros emprendimos una travesía errática, un cambio de rumbo que ni la tripulación ni nuestros pasajeros supieron entender. Una travesía que no podía llevarnos a buen puerto como así fué. Gran parte del pasaje decidió abandonar en el primer puerto en el que atracamos allá por el mes de mayo, la tripulación se puso nerviosa, no les gustaba navegar sin rumbo cierto ni a contracorriente, perdimos bastantes efectivos, todo nos hacía pensar que en el próximo puerto al que arribaríamos allá por el mes de noviembre sólo permanecerían a bordo los más entusiastas, los auténticos lobos de mar curtidos en mil travesías. Y mientras tanto nuestra particular orquesta del Titanic seguía tocando, más que tocando haciendo ruido, ruido, mucho ruido como en la canción de Sabina ..tanto ruido que al final, llegó el final... Pero en un ejercicio de supervivencia sin precedentes,que sin lugar a dudas debe responder a nuestro ADN histórico,de repente decidimos marcharnos con la música a otra parte, sabia decisión aunque tardía porque cuando lo hicimos estábamos con el agua al cuello, elegimos un nuevo director y decidimos dejar de tocar en "La Orqueta del Titanic", porque ni la flema británica ni el romanticismo suicida llevan a otra cosa que a exigirle a la familia del difunto que abone el traje de faena.

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